domingo, 13 de abril de 2014

Arder/Quemar - Capítulo 3: armadura - TRADUCIDO - Julianna Baggott

EL CAPITAN
ARMADURA
El Capitan no tiene un cuchillo. –No necesito uno, -Le explica a Helmud. –Estamos drogados. -Primero notó el cambio en el color de piel de los brazos de Helmud—siempre colgando alrededor de su cuello. Al principio pensó que era ictericia, pero luego, tan pronto como las guardianas le dijeron que era un químico que repelía a las vides—sus espinas filosas y caninas—requirió subir su dosis. –Dos corazones aquí, dos pares de pulmones, dos cerebros—más o menos, -Dijo. –Necesitamos el doble de medicinas. Mantenlo en mente.
Y ahora su piel se ve como si hubiera estado al sol durante todo el verano. No roja y ampollada, sino marrón dorado. Casi tenía un brillo metálico. Recuerda broncearse los brazos, cara y nuca de niño—un bronceado de granjero, o así era llamado. Pero su color siempre estaba mezclado con mugre. Él y Helmud eran el tipo de niños que se pasaban mucho tiempo en bicicletas sucias, trepando árboles, remolcándose en el lodo. Quizás así era más él que su hermano. De hecho, como niño, Helmud parecía, de alguna manera, refinado. El Capitan había sido el bravucón, el bruto—no tenía opción. Era el hombre de la casa tan joven.
Con sus manos envueltas en toallas robadas de un gabinete, usa las enredaderas para trepar hacia la escotilla, la cual, como la aeronave había rodado sobre un costado, está ahora en la parte superior ¿Pero dónde está la trampilla? No sobresale, que es como la había dejado cuando fue a buscar a Bradwell. Las vides debían de haberla cerrado cuando hicieron su camino por los costados de la nave.
Las enredaderas parecían presentir los químicos emanados por la piel suya y de Helmud. No retroceden pero ciertamente no son agresivas y parece que se alejaran. El Capitan escucha las espinas arañando el exterior de la nave. Lo mata estarla rayando.
Las vides lo espantaban—no simplemente porque casi lo matan una vez, sino porque no eran naturales. –Hay algo mal con este lugar, -Le dice a Helmud. Se refiere a la manada de criaturas pastando en la colina—¿son jabalíes gigantes? Y los chicos—todos por debajo de la edad de nueve, o así parece, lo que significa que nacieron después de las Detonaciones. Además, muchos eran parecidos. Para él no tenía sentido, pero sabe que está desmadrado. –Definitivamente mal ¿Pero quién soy para hablar, verdad?
-¿Quién soy? -Dice Helmud ¿Está hablando filosóficamente? El Capitan se alegra de que Helmud se pueda comunicar únicamente repitiendo. Si verdaderamente pudiera expresarse, El Capitan teme que su hermano podría empujarlo a llevar la conversación hasta un nivel más profundo. El Capitan no es alguien para filosofar.
Ríe. -¿Quién eres? Mantengamos nuestra mierda junta, Helmud, ¿sí? No vayamos por el camino profundo. Sabes a qué me refiero.
-Sabes a qué me refiero, -Repite Helmud, y El Capitan sabe que debe dejarlo. Helmud está en uno de esos humores en los que quiere reafirmarse como persona. Sin charlas para él.
Un cuchillo ayudaría, pero no tenía tiempo para ir a buscar uno. Quería salir. Quería ver su aeronave, y finalmente había reunido las fuerzas suficientes para deambular. Se había escabullido, ¿Y ahora estaba siendo vigilado a la distancia? Quizás ¿A quién le importa? Tiene una nave que poner en orden y, con suerte, de vuelta en el aire. Tiene personas a las que llevar a casa—Bradwell, Pressia. Piensa en ella y recuerda el beso.
Jesús.
La besó. Cada vez que piensa en ello, su corazón se vuelve una cosa tortuosa en su pecho, toda tornada y mal—una rareza que latirá por ella por el resto de su vida. La amará por siempre.
Bradwell pudo haber sido capaz de darle la espalda, pero El Capitan nunca podría hacerlo. Tendrá que aguantar el dolor. Tendrá que soportarlo dentro suyo eternamente. Había sobrevivido hasta ahora con el peso de su propio hermano. Conocía la carga. Se siente avejentado por ella, y aun así todavía joven. Era un niño en el momento de las Detonaciones, apenas más grande que Bradwell, pero se siente de mediana edad—probablemente porque nunca tuvo una infancia. Sin un padre y con su madre siéndole arrebatada y muriendo joven, fue apresurado dentro de la adultez siendo un niño pequeño.
Sólo espera que Pressia no esté destrozada por siempre por lo que le hizo a Bradwell—lo salvó, sí, pero también lo mató de cierta forma. Un golpe mortal. El Capitan vio su cara cuando se dio cuenta de lo que había hecho, y sabía a quién realmente amaba. Se había acabado. A la mierda con eso. El Capitan tenía que seguir adelante—sin importar que tan enfermo lo hiciera sentir. Nostalgia—eso lo podía arreglar ¿Asuntos del corazón? Simplemente tejen una red de cicatrices. Le estaría agradecido, algún día, por haberlo hecho endurecer su corazón. –Las cicatrices son buenas ¿No es verdad, Helmud? Es la manera del cuerpo de hacer una armadura.
Helmud se queda callado. Quizás su silencio signifique que no está de acuerdo.
El Capitan sigue empujándose con las vides, y después de tantear ciegamente a su alrededor por algunos minutos, encuentra el contorno de la trampilla.
Sabe qué esperar—sus raciones podridas, la mancha de su sangre, el caos del aterrizaje estrellado. La bucky de popa—uno de los tanques que ayudó a mantenerlos en alto, como un dirigible—se rompió durante el vuelo. Empezó a dejar entrar aire y es por eso que se estrellaron. Las otras buckies podrían estar rotas por el impacto. Pero no sabrá estas cosas a menos que la aeronave esté prendida y los diagnósticos funcionando.
Corre las vides, aflojándolas lo suficiente para abrir la puerta.
Está aquí sólo para verla, para entrar otra vez. No hay otro lugar en la tierra donde se sintió tan cómodo, tan en control. Mira el interior de la nave. Las vides sofocan tanto la luz que es sólo un agujero oscuro. No huele a podrido. Quizás las ratas entraron y comieron sus raciones.
Primero balancea las piernas hacia adentro y le dice a Helmud que se agarre. Baja con su doble peso, golpea con una bota y la aeronave se eleva un poco.
Ama su maldita nave. -Bebé, -Dice, -Estoy en casa.
Tiene un aire submarino. Las enredaderas envuelven las ventanas, sin dejar pasar la luz del sol.
Pasa los asientos, gatea hasta la puerta de la cabina de mando y entra. Camina hacia la consola, corre sus manos por sobre los botones, interruptores y pantallas. Están raramente prístinas. De hecho, parecen recién pulidas. El vidrio fracturado de la ventana había sido cambiado. Lo toca. No—el vidrio no fue reemplazado. De alguna forma fue arreglado. Puede sentir las ondas en donde alguna vez estuvo roto, y el está nublado justo en ese punto ¿Quién había estado aquí abajo? ¿Alguno de los hombres de Kelly? Si arreglaron el vidrio, ¿Hicieron lo mismo con la bucky de popa? Se siente esperanzado ¿Funciona la aeronave? Por supuesto que no puede hacerla volar. Está sujeta al lugar por vides, con una enorme fuerza colectiva.
-Deberíamos ser capaces de poner a este bebé devuelta en el aire, -Le dice a Helmud. -Dios, se sintió bien estar aquí al timón ¿O no?
-¿O no? -Dice Helmud.
-Nunca lo comprenderás—no como yo, -Le dice a su hermano. –No entiendes, Helmud.
Helmud levanta su peso de la espalda de El Capitan. –No entiendes Helmud. -Dice.
Y tiene razón. El Capitan solía pensar que entendía a su hermano porque pensaba que era un idiota, una marioneta grotesca que se sentaría en su espalda, para siempre. Pero durante los últimos meses, Helmud había cambiado, volviéndose sí mismo, de alguna forma—o quizás Helmud siempre había sido más complicado de lo que El Capitan le había dado crédito. –Me parece justo, -Le dice a su hermano. –Me parece justo.
Mira hacia donde una vez estuvo la bandeja de comida, las manchas secas de su propia sangre, una errante taza de hojalata. –Podría haber muerto aquí.
-Podría, -Dice Helmud.
Y entonces El Capitan recuerda la cara de Pressia, inclinada sobre él—su hermoso rostro—y la manera que tocó su cabeza y lo miró a los ojos. Ella tenía miedo de que estuviera muriendo. Quería salvarlo. Él quería que esa fuera la prueba de que lo amaba. Tal vez por eso la beso y le dijo que la amaba. Había confundido su amabilidad con amor. Tenía demasiado miedo de decirle cómo se sentía antes.
Había gastado su tiempo siendo un cobarde mientras Bradwell avanzaba, ganándosela. Pero en ese momento, se sacudió el miedo y eligió vivir de verdad.
Se pregunta si se lo debería haber dicho antes. Tal vez esperó demasiado. Pero entonces Helmud empieza a tararear a sus espaldas—una vieja canción de amor: Me quedaré justo aquí y esperaré por siempre hasta que me haya vuelto piedra—y sabe que no hubiera importado. De todas formas, no se iba a enamorar de él. Siente su pecho hincharse de dolor. Se niega a sentir pena por sí mismo. -¡Cállate, Helmud! -Dice. –¡Nadie quiere escuchar esa mierda!
-¡Cállate, mierda! -Responde Helmud.
-¿Me estás llamando mierda?
-¡Nadie!
-Púdrete, Helmud ¿Me escuchas? Si no fuera por ti, Pressia podría caer por mí ¿No lo sabes? ¿Piensas que alguien va a enamorarse jamás de alguno de los dos? Estamos enfermos ¿Me entiendes? Somos grotescos. Y siempre lo seremos.
Helmud empuja su cabeza contra el hombre de El Capitan. - Si no fuera por ti…
- Si no fuera por mí, tú estarías muerto.
-estarías muerto.
-Lo sé. Lo sé, -Dice. -¿Piensas que no sé que nos necesitamos mutuamente ahora? Te hubiera matado hace mucho si eso no hubiera significado matarme a mí mismo.
-¡Matarme a mí mismo! -Dice Helmud, como si estuviera lanzando una amenaza.
-No hables así. No seas tan dramático. Cállate.
-Cállate. Cállate. Cállate, -Dice Helmud. - Cállate.
El Capitan se apoya con fuerza contra el metal. Helmud resopla.
-Cállate, -Helmud resuella una vez más.
El Capitan se desliza hasta sentarse, sintiendo una punzada de culpa por golpear a su hermano tan fuerte. Odia la culpa. Estas punzadas son relativamente nuevas. No las tenía antes de conocer a Pressia—o no sabía qué eran—y desea que desaparezcan.
Mira las ventanas cubiertas de verde ¿Cuál es el punto de ir a casa si no puede estar con Pressia—no aquí, no nunca? -¿Sabes qué es lo que realmente lo arruina, Helmud? El amor. El amor es lo que nos arruina. –Deja que su barbilla caiga sobre su pecho. -¿Qué piensas, Helmud? No me repitas ¿Qué piensas realmente?
Helmud se queda callado por un momento, hasta que finalmente dice, -Piensas. Realmente piensas.
El Capitan cierra los ojos ¿Qué tendría Helmud para decir sobre el amor y su desperdicio? –No sé lo que dirías, Helmud. –Pero entonces le llega—como si verdaderamente estuvieran conectados en algún nivel elemental. -¿Quizás dirías que ya estamos arruinados, así que, qué es un poco más de ruina?
-¿Qué es un poco más de ruina? -Helmud dice. - Ya estamos arruinados.
Y entonces hay un ruido—vides moviéndose, arañazos de botas sobre sus cabezas—y voces ¿Otros vinieron para proclamar la aeronave como de ellos? ¿Siguieron a El Capitan y Helmud hasta aquí? ¿Están armados?
No hay a dónde ir. –Estamos atrapados, -El Capitan le dice a su hermano. ¿Cuántos hay? Dos, tal vez tres… posiblemente más.

-Atrapados, -Helmud susurra.

sábado, 5 de abril de 2014

Arder/Quemar - Capítulo 2: luto - TRADUCIDO - Julianna Baggott

PERDIZ
LUTO
Trepa por su garganta. Lo maté. A veces incluso abre la boca como si realmente se lo fuera a decir a alguien. Maté a mi padre. El líder que aman—Willux, su salvador—lo asesiné. Pero entonces su garganta se cierra.
No le puede decir sobre esto a nadie, por supuesto—excepto a Lyda. Después de confesarse ante ella, se sintió más aliviado—pero sólo por un corto tiempo. La ve cada pocos días y pasó Noche Buena con ella, casi un mes atrás. La mañana de Navidad despertaron e intercambiaron pequeños regalos en su hermoso departamento, el que había hecho arreglar para ella en el Nivel 2. Fue lo primero que hizo cuando el poder de su padre le fue transferido a él. Sacó a Lyda del centro médico, y ahora ella tenía gente que se encargara de ella—y del bebé creciendo dentro suyo. Su bebé.
Le sorprende cuánto un secreto puede resonarle en la cabeza. Lo maté. Aunque no es sólo un secreto. Lo sabe. Es asesinato. Es el asesinato de su padre.
Perdiz está sentado en la antecámara junto al salón principal, donde puede escuchar a los dolientes empezar a hacer fila. Sofocaban su dolor, pero pronto lo dejarían de hacer. Se pondría ruidoso y sofocante con todos los cuerpos entrando, y Perdiz tendrá que aceptar sus condolencias, todo su retorcido amor por su padre.
No se sorprendió cuando Foresteed entró a la habitación. Él había sido la cara del líder de la Cúpula por algún tiempo, y atiende a la mayoría de estos servicios. El padre de Perdiz lo había usado como representante desde el comienzo de su deterioración, y seguramente Foresteed esperaba ser el reemplazo de Willux después de su muerte. Naturalmente, Perdiz no le enorgullece.
Foresteed no está solo. Lo flanquean Purdy y Hoppes, quienes trabajan para él. Todos saludan y se sientan frente a él y la mesa de caoba. Perdiz lleva puesto uno de sus trajes fúnebres. Tiene siete de ellos—uno para cada día de la semana.
-Pensé que podríamos hablar un minuto, -Dice Foresteed.
-Bueno, a mí me gustaría saber cuántos funerales más habrán, -Dice Perdiz.
Es como estar de gira con la urna de su padre—una gira de luto. Lo peor es sentarse aguantando los elogios. Algunos de los oradores hablaban sobre de lo que su padre los había salvado a todos—los Miserables, aquellos viles maldecidos de la humanidad, desalmados, ya inhumanos. Tuvo que convencerse a sí mismo que podía hacerlos cambiar de parecer—cuando el momento llegara. Le había dicho a Lyda, -Cuando conozcan a un Miserable, como Pressia, todo cambiará. –Pero todo el asunto lo pone enfermo y ansioso.
Foresteed ladea su cabeza y dice, -¿Es demasiado para ti? Quiero decir, ¿luchando con tu luto personal sobre toda esta adoración? ¿Seguro que puedes manejarlo?
Foresteed es un conversador de muchas capas—Perdiz le concedía eso ¿Está siendo sarcástico acerca del luto personal del chico? ¿Está indicando que no está lo suficientemente afligido? ¿Sospecha que él mató a su padre? ¿O está llamándolo simplemente débil? –Sólo quiero llegar al trabajo en mano, -Dice Perdiz, -el trabajo que mi padre quería que hiciera. –Pone su mentón sobre su pecho y rasca su frente, escondiendo sus ojos un momento porque se le habían puesto llorosos. El hecho era que, él mató a su padre, sí, y no se arrepiente de haberlos hecho, pero también lo extraña. Esta es la parte enferma. Lo amaba. A un hijo le está permitido querer a su progenitor no importa qué, ¿o no? Perdiz odia como las emociones le llegan tan rápido—culpa, miedo a ser expuesto, tristeza.
Purdy revisa una agenda en su portátil.
Para alguien que vive en la Cúpula, Foresteed está muy bronceado. Sus dientes son tan brillantes que parecen pulidos. Su cabello se encuentra tieso, como si hubiera sido rociado con espray de pelo. Dice, -La gente aún necesita del luto en público.
-¿Qué hay sobre algo de luto en privado? -Dice Perdiz. –Culturalmente hablando, creo que somos bastante buenos embotellando nuestras emociones.
-Tu padre quería un período de luto en público, -Dice Foresteed. A veces Perdiz piensa que el hombre puede haber odiado a su padre. Siempre el segundo en línea, tenía que estar celoso del poder.
-Pero este servicio es diferente, -Dice Purdy.
-¿Cómo?
-Lo mencioné en mi último reporte, -Dice Foresteed. Le da a Perdiz reportes todo el tiempo—gordas pilas de papeles llenos de actualizaciones sobre política burocrática escritas en un lenguaje denso y sin sentido (“Hasta el momento, la caución presumirá de vigor y resistencia ante los deberes anteriormente tratados…”).
No soporta leerlos.
-Ah, cierto, -Dice Perdiz. –Debí de haberme perdido esa parte ¿Puede alguien ponerme al día?
Purdy mira a Foresteed. –Todos los dignatarios y miembros de la alta sociedad vienen esta vez, -Dice este último. –Está cerrado al público. De todos modos, lo estaremos trasmitiendo. En vivo. Queremos que este se sienta trascendental. El momento en el que la gente reconozca verdaderamente a los líderes del mañana, avanzando a esta nueva fase.
Perdiz se apoya en el respaldo y suspira. Reconocerá a estas personas por sus funciones políticas, fiestas, aquellos que viven en el edificio departamental donde creció, padres de sus amigos de la academia. Sacude la cabeza. –No quiero sentarme junto a Iralene esta vez. No me malinterpreten. Me gusta Iralene. La respeto. Pero tienen que acostumbrarse a la idea de que no vamos a casarnos. Cada vez que me ven con ella, va a ser más difícil de explicar que estoy con Lyda. –En víspera de Navidad, Perdiz y Lyda se besaron un poco. Él puso su mano en la suave piel de su estómago, donde el bebé recién empezaba a crecer. –Voy a ser padre. Lyda y yo vamos a casarnos. Debemos introducir esta idea y deshacer las mentiras de mi padre.
Hoppes sacude la cabeza y sus gordos cachetes se mueven. Él es el responsable de manejar la imagen de Perdiz.
-Estamos trabajando en una historia que ponga todo esto en orden. Tenemos un plan. Pero es demasiado pronto. Mi equipo está trabajando con diligencia. Créeme.
-¿Qué hay de la verdad? –Perdiz siente un fogonazo de calor correr por él. La mentira era como operaba su padre. Le contaba a la gente cuentos de hadas para que pudieran dormir de noche—historias sobre un mundo dividido entre Puros y Miserables. -¿Qué hay de la maldita verdad por una vez?
Foresteed pone los puños sobre la mesa y se levanta, inclinándose sobre Perdiz. –La verdad es que derribaste a alguien y te comprometiste con otra persona. Tu querida, acomodada en un lindo lugar para mantenerla callada—de tal palo, tal astilla.
-No soy en nada como mi padre. –Perdiz mira a Foresteed fijamente, esperando a que recule, pero no lo hace. Le devuelve la mirada como si le rogara que tomara un trago.
Purdy rompe el silencio. Rascándose la nuca, dice, -Simplemente no entiendo por qué no estarías interesado en una chica como Iralene. Ella fue hecha para ti.
-Literalmente, -Dice Perdiz.
-Bueno, es una verdadera conquista, -Dice Purdy. –A veces tienes que confiar en alguien que te tenga un espejo en alto. ¿Estoy en lo correcto, amigos?
Hoppes dice, -Sí, por supuesto.
Foresteed asiente.
Perdiz siente una presión en el pecho. –Amo a Lyda. No voy a ser presionado por ustedes para desenamorarme, ¿bien? ¿Así que por qué no mantienen sus malditas opiniones para ustedes mismos?
Purdy alza las manos. –Vamos a resolverlo ¡Va a estar todo bien!
Odia esto más que nada—animadas sonrisas defensivas para cubrir las mentiras. Ya no lo soporta. Siente que su pecho podría explotar. Se inclina hacia delante. –Sé la verdad. Y voy a liderar con la verdad. Mi padre fue el mayor asesino en masa de la historia, -Dice Perdiz. Esta era la verdad que había escondido por un largo tiempo. Se siente bien decirlo. Se siente poderoso por una vez. –La gente lo sabe, pero pretende que no. Se les fue entregada una mentira, y viven de ella. Los debe de estar carcomiendo. Tienen que estar listos para aceptarlo. Es la única forma de seguir hacia delante.
-Jesús, -Dice Hoppes. Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo presionó contra su labio superior y su frente.
-¿Para qué fin posible? -Pregunta Foresteed, sus ojos abiertos con sorpresa. –Quiero decir, ¿Quieres a los Puros y Miserables caminando mano a mano hacia un mañana maravilloso?
-¿Dolería prepararse para el tiempo cuando dejemos la Cúpula y empecemos una vida para nosotros mismos allí afuera? Quiero decir, ¿Qué hay de un poco de compasión por los sobrevivientes? –Perdiz y Lyda habían estado haciendo planes, cosas simples que pueden empezar a hacer para mejorar vidas fuera—agua limpia, comida, educación, y medicina. –Realmente podemos impactar en sus vidas para mejor.
-¿No es noble? -Dice Foresteed.
Perdiz no puede soportar su condescendencia.
Purdy dice, -Vamos a desacelerar por un minuto.
Perdiz está harto de posponer las cosas, evitar el conflicto. Ahora era el tiempo. Levanta el tono, trata de sonar lo más calmado posible. -Miren, estuve pensando sobre esto ¿Qué hay de malo con un consejo, conformado por gente del interior y del exterior? –Él, Lyda, y Pressia podrían estar en ese consejo—más Bradwell y El Capitan. Podrían progresar de veras.
-Dios. -Foresteed camina hacia la puerta, comprueba que esté cerrada, y se vuelve a sentar en la mesa.
-¿Qué hay de malo con un consejo? ¿Qué hay de malo con algo de progreso? -Dice Perdiz. Tiene que haber progreso. Fue por eso que se entregó a la Cúpula, en primer lugar. Fue por eso que mató a su padre—para pujar por algo esperanzador.
-No, no, no, -Dice Hoppes en voz baja. –Esta es tu gente, Perdiz, la gente de la Cúpula. Les gusta la normalidad, la consistencia. No puedes irrumpir en sus vidas y comenzar a destrozar cosas.
Perdiz quiere voltear la mesa. Cruza los brazos sobre el pecho para tratar de contener su desbordado corazón -¿Por qué no? Tal vez sea la única forma de que podamos reconstruir.
Foresteed ríe.
-¿Qué es tan gracioso? –Perdiz odia a Foresteed de forma repentina. Su cara se pone roja por el enojo. Hubiera sido mejor si lo hubiera golpeado o al menos respondido—¿Pero reírse de él?
Hoppes dice, -Como investigador, me gustaría explicarte lo que la “mentira”, como la llamas…
Purdy lo interrumpe, -Un término con el que estoy profundamente en desacuerdo.
-Esa “mentira”, -Continúa Hoppes, usando comillas invisibles, -creó el marco que le permite a la gente aceptarse a sí mismos, les permite mirarse a los ojos, amar, y seguir adelante. Si te llevas eso, entonces…
-¿Entonces qué? -Dice Perdiz.
Foresteed sonríe. –Si les arrebatas su mentira, se auto-destruirán. Eso es qué ¿Qué hay de un poco de compasión por la gente dentro de la Cúpula? ¿Eh?
La habitación se silencia. Estos hombres nunca lo verán desde su lado. Habían otros dentro de la Cúpula que se suponía que estaban del bando de Perdiz—Cygnus—aquellos que tenían el plan de meterlo en el poder, un plan que su madre había tratado de poner en acción desde fuera ¿Dónde demonios estaban ahora? A Perdiz le servirían algunos refuerzos. Ni siquiera puede saber si Foresteed le está diciendo la verdad ¿Es que la mentira mantiene a la gente unida o sólo trata de callar a Perdiz? –Quiero ver a Glassings, -dice.
-¿Glassings? -Pregunta Hoppes.
-Mi viejo profesor de Historia Mundial. -Glassings es uno de los líderes secretos de las células durmientes, parte de Cygnus, y el que le dio la píldora para matar a su padre. En algunos aspectos, Glassings lo metió en esto. Le gustaría que al menos se aparezca de nuevo.
-¿Por qué quieres verlo? -Pregunta Foresteed ¿El nombre de Glassings lo alarma?
-Tengo algunas preguntas sobre historia mundial, -Miente rápidamente Perdiz. –Me ayudaría saber cómo lideraron otras personas ¿No te parece?
-Tu padre era un gran líder ¿Qué más podrías pedir? -Dice Purdy, sonriendo nervioso.
Quiere pedirle a Purdy que arregle una cita con Glassings, pero no le gusta la mirada sospechosa en los ojos de Foresteed, así que suspira pesadamente como si estuviera aburrido. -¿Cuántos más de estos servicios? –Pregunta nuevamente.
Purdy vuelve a examinar su agenda. Toca las fechas y cuenta en voz alta hasta siete. –Eso es. Siete funerales más. No está mal.
-Y luego podemos publicar la nueva historia—el rompimiento entre tú e Iralene y las noticias de tu nuevo amor, Lyda, -Dice Hoppes. –Abarcaremos la situación del bebé dos meses después.
¿Van a seguir posponiéndolo? –La nueva historia sobre Lyda saldrá pronto, ¿Verdad? ¿Días, no semanas?
-Por supuesto, -Dice Hoppes.
Foresteed dice, -Sólo sal y di tus líneas, Perdiz. Déjalos mostrar su respeto.
-Bien, pero sin Iralene, -Dice Perdiz. –de todos modos, necesita un descanso. Sólo mándenla a casa, ¿sí? –Le preocupa Iralene. Está bajo un montón de presión, sintiéndose terriblemente escrudiñada, y sabe que su rol está por cambiar. Perdiz le aseguró que siempre tendrá un lugar en su vida—como amiga—y un sitio respetado en la sociedad, pero no sabe cómo va a verse eso.
-No podemos prometer nada acerca de Iralene, -Dice Hoppes. –Sabes que hay muchas piezas en juego aquí. –Se refiere a Mimi, viuda de su padre y madre de Iralene, que puede ser impredecible.
-No podemos ser acorralados por Mimi. –Perdiz se levanta. –Estoy a cargo, -Dice, aunque se siente nervioso al hacerlo. -Sin Iralene esta vez ¿Sí? No la quiero sentada a mi lado en una proyección en vivo. -Lyda estará mirando, ¿o no? La imagina como la vio por última vez. Llevaba un largo camisón blanco de algodón. Estaba cansada—no está durmiendo bien—pero también inquieta.
-Me siento como un tigre enjaulado, -Le había dicho ella. –No sé cuánto pueda soportarlo ¿Cuándo vas a volver?
La besó y le dijo, -Tan pronto como pueda. Mi vida no es realmente mía por ahora, pero lo será dentro de poco. Ya viene. Lo prometo.
-Esta reunión acabó, -Dice Perdiz. Algunas veces, son las pequeñas cosas las que se sienten tan bien—como anunciar el fin de una junta. No debería importar, pero le gusta poder flexionar este músculo sin que nadie lo pueda contradecir.
Foresteed da una zancada hacia la puerta, llega allí primero y la destraba. -Permíteme, -Dice. Abre la puerta para Perdiz. Allí estaba la línea de dolientes, vestidos inmaculadamente. Sus cabezas se giran, y miran a Perdiz. Escucha un par de sollozos sofocados. Lo observan expectantes.
Foresteed le da una palmada a Perdiz en el hombro, con el agarre demasiado duro. Se le acerca y susurra,
-Te equivocas, lo sabes. Tu padre no sólo fue el mayor asesino en masa de la historia. Fue el más exitoso. Hay una diferencia.
Perdiz pone una mano en la puerta, listo para salir del cuarto. –No viviré sus mentiras por él. No soy su marioneta, y estoy completamente seguro que tampoco de ustedes.

Foresteed le sonríe. Sus dientes casi brillan por su blancura. –Como si ya no tuvieras tus propias mentiras, Perdiz. –Dice tan bajo que sólo el chico lo escucha. –Si vas a confesarte, ¿Por qué no empiezas por ti mismo?

lunes, 31 de marzo de 2014

Arder/Quemar - Capítulo 1: llave - TRADUCIDO - Julianna Baggott

PRESSIA
Llave
La puerta del cuarto de Pressia está trabada. Las guardianas vienen y van con llaveros, tintineando—¿Cuántas habitaciones hay? ¿Dónde está Bradwell? ¿Helmud y El Capitan? ¿Dónde están sus cosas—el vial, la fórmula?
Las guardianas nunca responden a sus preguntas. Le dicen que se mejore. –No estoy enferma. –Le dicen que descansen. –No puedo dormir. –Sonríen y asienten y señalan las alarmas en cada una de las paredes de su habitación. –Aprieta aquí si hay una emergencia. –Las guardianas también llevan collares con botones de emergencia adheridos. Pero ella no sabe qué tipo de emergencia esperar. Cuando pregunta, dicen, -Por si acaso…
-¿En caso de qué?
No le dirían.
Cada día es lo mismo.
Demasiados días para contar; pasaron semanas- ¿Casi un mes, ya?
Las guardianas son todas mujeres y doradas, cada una de ellas, casi brillantes ¿Es la luz de lumbre? Es que tantas están embarazadas— ¿No brillan las mujeres en cinta? ¿Es algún tipo de radiación interna? La mayoría tiene panzas que sobresalen de sus caderas. Hinchadas.
Pero no sólo las guardianas son doradas. Los niños en el campo también lo son. Son enviados afuera a diferentes intervalos de día para jugar. Tienen palos y bolas y redes en postes enterrados en el frío suelo. Dorados, todos ellos, como si se hubieran parado sobre algo levemente metálico, y sin fusiones o cicatrices o marcas. Solamente piel. Las alarmas se bambalean en la parte frontal de sus abrigos.
Las guardianas le traen a Pressia bandejas con comida: sopa caliente, avena, vasos grandes de leche fría— leche blanca, blanca, sin una pizca de ceniza en ella. Los devoradores de ceniza están por todas partes, escabulléndose entre las cucharas, en los bordes de la bañadera de metal, en los paneles de las ventanas, dentro y fuera. Con la espalda de un escarabajo y levemente iridiscente, parecían trabajar día y noche, resistiendo el frío.
Una de las guardianas le dijo que habían sido engendrados para utilizar sus delicados brazos para palear cenizas dentro de sus pequeñas bocas, para limpiar la loza—así fue como lo dijo.
Ellos eran la razón de por qué el cielo fuera de la ventana estaba teñido de azul en lugar de gris.
Ellos eran el por qué las sábanas, fundas de las almohadas, y hasta las pequeñas plumas de ganso que escapaban de la colcha eran generalmente blancas. Pressia no recuerda haber visto nunca algo tan prístino.
Todo en su habitación es mantenido limpio. Le cambian las sábanas todos los días. En el baño adjunto, siempre hay una barra nueva de jabón. Alguien incluso saca los pequeños mechones enredados de cabello suelto de su cepillo; cada mañana está limpio.
Pasa sus dedos por la ventana y mira a través de ella. Puede divisar una antigua torre de piedra, inclinada como si fuera arte del viento, extrañas bestias de caminar pesado— del tamaño de vacas pero con abrigos espesos, gomosos y sin pelo, ocasionalmente con colmillos—vagando por la niebla, cuesta abajo. Más allá de la manada, está la aeronave, atada al suelo por un montón verde; había sido tragado por las vides.
¿Alguna vez volverían? A casa ¿Siquiera existía? Y ahora, después de todo lo que pasó, después de todo lo que hizo, ¿Se merece un lugar llamado hogar? Bradwell, sus alas masivas —ella le hizo eso.
Quiere regresar a como era antes. Pero no hay vuelta atrás.
Para limpiar la loza.
¿Pero qué haces cuando la loza no puede limpiarse?
¿Hay alguien trabajando en la aeronave? ¿Recuperaron Bradwell, El Capitan, y Helmud las fuerzas suficientes como para viajar? ¿Bradwell la perdonará alguna vez?
-¡Esto es una pérdida de tiempo! –Había perdido la paciencia un par de veces y gritado a las guardianas -¡Necesitamos volver a casa! ¡La gente nos necesita!
Ellas sonríen, asienten, apuntan a las alarmas en las paredes.
Al anochecer, cuando su cuarto se oscurece, la alarma brilla con rojo y escucha el aullido. Viene con cada atardecer— caninos a la distancia ¿Lobos, zorros, coyotes? ¿Qué perros aulladores viven en esta tierra?
Algunas veces desea que los perros se acerquen, amenacen con devorarla. Tal vez quiere ser vuelta pedazos, desaparecer.
Y se despierta sintiéndose del mismo modo. Es su culpa a la que quiere destruir, devorar, hacer desparecer. Bradwell. Piensa en él ahora, con su habitación llenándose con la luz matutina. Después de inyectarle el suero a los pájaros en su espalda, después de que esas alas crecieran rápida y ferozmente mientras sus costillas y hombros también se expandían, él dijo: -¿Qué me has hecho?
Ella sabe que lo traicionó. Él no quería ser salvado por los contenidos del vial— la medicina que puede que algún día lleve a la Purificación de los sobrevivientes, de todas esas cicatrices y fusiones. Quería morir Puro— por su propia definición de la palabra.
Pero no podía dejarlo ir.
Sola, aún soñolienta, se recuesta en la cama y recuerda cómo era estar en el paso subterráneo sobre el duro suelo con Bradwell, sus manos ásperas y cálidas, rodeando su cara. Era como estar completamente viva por primera vez en su vida—cada una de las células de su cuerpo despiertas. Y ahora, algo dentro suyo se siente muerto. Se siente vacante. Bradwell la odia. Se odia a sí misma. No está segura cuál es peor. Haría cualquier cosa para ganarse su confianza de vuelta, pero sabe que el daño no puede ser deshecho.
Entiende por qué odia la idea de ser capaz de revertir sus fusiones, borrar sus cicatrices, filosóficamente; él no quiere revertir o borrar el pasado, los pecados de la Cúpula. Pero ella no entiende por qué no hay siquiera una pequeña parte de él—muy al fondo— que desee estar entero de nuevo.
Toca la cicatriz en el interior de su muñeca— una línea fina y arrugada donde la piel sintética de la cabeza de muñeca delineaba sus propias terminaciones nerviosas. A los trece trató de cortar la muñeca. Recuerda la sensación del cuchillo sobre su piel. Su punta era afilada. Era algo de lo que ella tenía control— no algo que le pasaba a ella. Le encantaría tener el control ¿Acaso pensaba que un muñón iba a ser mejor? ¿Pensaba siquiera? No realmente. Solamente quería ser libre.
Aún quiere eso. El vial y la fórmula la acercaban un paso más a esa posibilidad, pero Bartrand Kelly confiscó estas cosas— lo que todos habían arriesgado sus vidas para descubrir. Si conseguía llevar estas cosas devuelta a la Cúpula donde hay científicos trabajando en laboratorios, no solamente la ayudaría a ella. No. Habría un futuro donde todos los supervivientes estaban enteros de nuevo.
Frota sus nudillos ocultos bajo la cabeza de la muñeca y rasca su brazo. Quiere estar entera. Después de todos estos años, ¿quién no?
Una llave repiquetea en la cerradura. La manija gira. Es una mañana brillante.
Pressia se sienta en el borde de la cama, esperando.
Fedelma es la única guardiana de la que conoce el nombre. Está a cargo del resto y recoge su cabello en dos rodetes puntiagudos arriba de su cabeza. Ella tiene más poder y quizás sea por esta razón que le es permitido hablar más. Pressia se alivia al verla.
Fedelma también está embarazada. Su estómago es un tenso tambor que tiene que soportar, y no es joven.
Su pelo es canoso en las raíces. La piel que rodea sus ojos se arruga un poco cuando sonríe. Empuja la puerta con una mano y sostiene una bandeja de estaño en lo alto con la otra. -¿Dormiste? -Pregunta.
-Apenas, -Dice Pressia, y va directo al grano. –Quiero ver a Bartrand Kelly. –No lo había visto desde el primer día— una mezcla fugaz de sonidos, espinas, sangre y alas— cuando habían sido cargados dentro del carrito y llevados dentro. –Tiene cosas que me pertenecen.
-Él es fiel a su palabra, -Dice Fedelma, apoyando la bandeja al lado de la cama. –Te contará todo cuando sea el momento correcto.
Todo ¿sobre su madre y padre? ¿Sobre su pasado? Bartrand Kelly era uno de los Siete. Era amigo de sus padres cuando eran jóvenes. Sabe más de ellos que los que ella nunca podrá. Le parece increíble haber esperado encontrar a su padre aquí. Lo extraña aunque él sea un extraño para ella.
-¿Y la aeronave? ¿Va a dejarla cubierta de enredaderas allí afuera?
-Las enredaderas funcionan como camuflaje por ahora. Mantendrán la nave a salvo de predadores y bandas de ladrones. Es por eso que fueron criadas para ser carnívoras. Protección.
“¿Criadas para ser carnívoras?” Piensa Pressia. En algún lado hay laboratorios, campos de sembrado…
Fedelma se estira y sujeta gentilmente la muñeca de Pressia— no la de la pepona, no. A Fedelma le sorprende la muñeca, trastornada por la forma en la que está fusionada a su puño, aunque trata de pretender que no le afecta.
-¿Qué haces? -Pregunta Pressia.
Fedelma levanta la manga del suéter de Pressia, revelando su brazo. -¿Ves? Tu piel ha comenzado a volverse dorada, -Dice. –Tu comida está infectada con un químico que disuaden a las vides— una esencia emanada por tu piel.
Pressia ahora lo ve también. Una leve tonalidad. Empuja la manga hacia abajo. –A la gente no le gusta ser envenenada. -Dice.
-A la gente no le gusta morir atragantada por enredaderas con espinas. –Es verdad. Pressia vio cómo las plantas casi matan a Bradwell, El Capitan, y Helmud. -Come, -Dice Fedelma, empujando la bandeja hacia Pressia.
-¿Por qué nadie me cuenta sobre las alarmas? ¿A qué le temen?
Fedelma frota sus brazos como si tuviera frío.
–No hablamos de ello. –Camina hacia la ventana.
-Escuché los aullidos.
-Los perros salvajes son nuestros. Nos ayudan a mantenernos a salvo.
-¿Por qué no simplemente me lo cuentas? Dime la verdad.
-Nunca llegaron extraños. No sabemos cómo tratarlos, excepto como a extranjeros, tal vez una amenaza.
-¿Parezco una amenaza?
Fedelma no contesta. –Uno de ustedes empezó a caminar por las tierras. Desconozco cómo obtuvo el permiso. Era el que peor se encontraba cuando llegaron. Tal vez no lo tenga permitido, pero aun así está allí afuera. Hasta ahora lo vi dos días seguidos.
Pressia se levanta y camina rápidamente hacia la ventana.
-¿Bradwell?
Fedelma asiente. –Aún se encuentra algo inseguro de pie desde…
Las bestias domesticadas habían sido llevadas a alguna otra parte, pero los chicos se encuentran allí— corriendo con pelotas y palos. Muchos de los juguetes parecían nuevos, como los sombreros y bufandas. La navidad acababa de pasar ¿Los consiguieron cómo obsequios? Gritan y silban. Unos pocos cantan en un pequeño grupo, hacienda gestos al unísono.
Una niña pequeña con un suéter rojo brillante rodea los bordes de los grupos. Sostiene una muñeca contra el pecho. Pressia se imagina a sí misma a esa edad con su propia muñeca— la que está fusionada a su puño, para siempre.
En algún momento fue nueva— sus ojos brillaban y se cerraban al unísono. Ser nueva. Sentirse nueva. No puede imaginarlo…
Otra niña camina hacia la de la muñeca— su gemela. Ambas se agarran del brazo de la otra y siguen caminando.
Muchos chicos, pocos adultos. Están repopulando. Deben hacerlo. ¿Dónde estaba Bradwell? -¿Lo ves? -Pregunta Pressia.
-No, -Dice Fedelma. –Pero está allí afuera, en alguna parte.
-Yo también tengo que salir, -Dice Pressia.
Fedelma sacude la cabeza. –Necesitas comer. Necesitas dormir. Si vas a fortalecerte necesitas…
-Necesito verlo, con mis propios ojos. -Pressia camina hacia la puerta, que Fedelma olvidó trabar.
-¡No! -Dice Fedelma. -¡Pressia! ¡Detente!
Pero Pressia ya había atravesado la puerta y empezado a correr por el vestíbulo. Encuentra una escalera y baja pisando fuertemente los escalones. Puede escuchar a Fedelma detrás suyo. -¡Pressia! ¡No!
¿Debería estar corriendo embarazada? ¿Cuántos años tiene, de todas formas?
Pressia encuentra una pesada puerta hacia el exterior.
El aire es cortante y húmedo. Camina velozmente a través del campo de niños, todos ellos dorados.
Un grupo juega a formar un círculo impreciso mientras que otros, dentro de la ronda, giran y giran.
Mira tú reflejo.
Halla tu pareja.
¡Encuéntrate! ¡Encuéntrate!
¡No quedes al final!
Los niños en la ronda gritan la canción, y luego, los chicos mareados persiguen a los otros, dispersándose por el pasto.
Pero otros, sin jugar, se detienen y miran a Pressia. Y ahora que se encuentra entre ellos, divisa otro par de gemelos. Ve a un tercero que es idéntico. Nunca vio trillizos antes. Aunque no quiere mirarlos fijamente; no le gusta cuando la observan con fijeza.
Un chico de cabello negro azabache dice, -¡Miren! –Y señala al puño de muñeca. Pressia se niega a ocultarlo.
Fedelma, jadeando detrás de ella, grita, -¡Callado, niño! Sigue con tu juego.
Pressia se dirige a la torre de piedra; necesita una mejor vista. Estos chicos le recuerdan de cómo podrían ser las cosas en la Cúpula. El aire respirable, la falta de deformidades, cicatrices y fusiones. Se pregunta dónde su medio hermano, Perdiz, se encuentra en el momento. Había vuelto a la Cúpula ¿Está buscando gente que lo ayuden a encontrar una forma de tomar el control del reinado de su padre? ¿Recordará a aquellos que sufren fuera? ¿Hará lo correcto? ¿Está Pressia haciendo lo correcto, prisionera aquí, perdiendo tiempo preciado? ¿Será Bartrand Kelly fiel a su palabra?
-¡No deberías estar fuera! –Le grita Fedelma. -¡Te encuentras bajo órdenes estrictas de recuperación! Si Bartrand Kelly se entera sobre esto, no será bueno ¿Estás escuchando? ¿Lo estás?
Pressia corre el resto del camino hacia la torre, con los pulmones doliéndole por el frío. Sube la pequeña escalera circular de a dos escalones, propulsándose con la baranda con su mano buena. Presiona el lado de la cabeza de muñeca contra su pecho, como si pudiese escuchar su frenético corazón.
La torre es redonda con techo picudo. Las ventanas estrechas solo son agujeros— sin vidrio. El viento sopla dentro. La piedra está fría y curtida, con parches de musgo resbaladizo. Se detiene en uno de los agujeros y mira el exterior –Niebla ondulada, otra vista de la aeronave. Las vides crujen y la aeronave parece balancearse un poco ¿Están las enredaderas apretando tanto que la nave es sacudida por ellas?
¿Alguna vez saldrán de allí? Sin la aeronave, no es posible.
Se mueve con rapidez a la próxima ventana—unas pocas bestias, del tipo que no puede nombrar, huelen el pasto cerca de un saliente rocoso.
Escucha las botas de Fedelma en la escalera. Pressia se gira y allí está ella, respirando pesadamente.
-¿Deberías correr detrás mío en tu condición? -Dice Pressia.
-¿Deberías estar corriendo por ahí en tu condición? -Rebate la mujer. Ambas dejaron la casa principal sin abrigo. Fedelma se abraza a sí misma, con los brazos sobre su panza. El viento mueve los finos cabellos que se habían soltado de los dos rodetes sobre su cabeza.
-¿Por qué piensas que yo estoy enferma? -Pregunta Pressia.
-Bradwell, El Capitan, y Helmud— ellos fueron los que casi mueren. No yo.
-Ellos enfermaron por las heridas de las espinas, pero tu caso es más serio, en algunos aspectos. Estás enferma del corazón.
Pressia se sorprende. –No sé de qué estás hablando. –Pero si lo hace. El dolor se encuentra en su interior, como si una piedra pesada se hubiera posado en su pecho. Culpa, pérdida, traición. Se mueve hacia la siguiente ventana y mira a través de ella. Solamente ve cielo y tierra, y árboles en la distancia. Un devorador de ceniza se arrastra por las rocas acomodadas de forma ceñida. Le da un empujón con la punta del dedo.
-Tienes que sanar desde dentro, -Dice Fedelma. –Toma tiempo.
Los ojos de Pressia se llenan de lágrimas. El peso es tan abrumador que le es difícil respirar. Aprieta sus pulmones, y le provoca dolores agudos en el pecho.
-Kelly quiere verlos hoy. A todos.
-¿Por qué no me dijiste antes?
-No se supone que te debería haber contado. –Suspira. –Te ayudará, pero querrá algo de vuelta.
-¿Qué?
Fedelma señala una ventana con la cabeza. Hay silencio por un momento, excepto por los chicos jugando en el campo y viento. –Allí está el que buscas, -Dice la mujer, y se aleja de la ventana. -Mira.
Pressia se mueve con rapidez.
Bradwell está caminando cuesta abajo a través del pasto alto. Tres pares de alas masivas encorvadas en su espalda, coincidiendo con la suela de sus botas, y las puntas siendo arrastradas por detrás. Él no está acostumbrado al peso de las alas, y las duras ventiscas lo empujan y vuelven torpe, desgarbado e inseguro –casi como un potro tratando de acostumbrarse a nuevas piernas.
Fignan, siempre leal, lo sigue, su pequeño cuerpo de caja negra suspendido en sus piernas larguiruchas conectadas a las ruedas, las cuales aplastan un pequeño camino de pasto detrás de él.
Recuerda la jeringa en su mano temblorosa y cómo había inyectado a cada una de las tres pequeñas aves incrustadas en su espalda. Él quería morir bajo sus propios términos. Ella le arrebató eso. Aun así, está vivo.
Su corazón golpea contra su pecho. No puede disculparse por salvarlo, no importa qué. No puede.
Y nunca la perdonará por ello.
Bradwell se detiene, y por un momento, se pregunta si puede sentir sus ojos en él. Pero el chico no gira en su dirección. Mira al cielo—pájaros viraban sobre su cabeza. Aún se encuentra pálido por la pérdida de sangre, pero su mentón es puntiagudo y sus ojos acerosos. Suspira profundamente, lo cual ensancha su pecho. Mientras observa a las aves planear, una de sus alas se sacude casi imperceptiblemente.
Gírate. Gírate y mírame, lo urge. Estoy aquí.

Pero él se incorpora nuevamente y sigue caminando en el viento.

viernes, 21 de marzo de 2014

Arder/Quemar - Prólogo - TRADUCIDO - Julianna Baggott



PROLOGO
BRADWELL
Él conocía el final. Podía verlo casi tan claro como vio el principio.
-Empieza allí, -Susurró al viento. Sus alas eran gigantescas. Las plumas aleteando; algunas eran arrastradas a sus espaldas. Tiene que tensar sus alas contra el viento mientras camina, atravesando los campos de rastrojos hacia el risco de piedra. Quiere retroceder, hacer un túnel y cavar hacia el niño pequeño que una vez fue.
Esto es lo que nunca le había dicho a nadie.
Él no estuvo durmiendo durante el asesinato de sus padres; quería creer que lo había hecho.
Después de que los hombres entraron a su casa, un altercado lo despertó, su madre gritando, probablemente justo antes de que ella y su padre fuesen disparados. Bradwell había sido advertido sobre gente entrando a la fuerza en su casa. Rápidamente se levantó de la cama y se escondió debajo de ella.
Vio un par de botas en el espacio entre la falda de la cama y el suelo. Se apostaron al lado de su litera, y entonces uno de los asesinos –próximamente, su asesino— se arrodilló, levantó la tela, y por un momento, estuvieron cara a cara.
Bradwell no se movió, aguantó la respiración. La cara del hombre era larga y angular, con una barbilla levemente torcida. Tenía ojos azules.
Finalmente, sin una sola palabra, dejó caer la falda.
Le dijo al otro hombre que se encontraba con él:
-El chico debe de estar en una pijamada.
-¿Revisaste el cuarto?
-Revisé la maldita habitación.
Los escuchó irse y ni siquiera entonces se levantó. Pretendió dormir, aún bajo la cama. Pretendió soñar. Y luego, abrió los ojos, y esta es la parte que confesó: bajó a la cocina como si fuera una mañana cualquiera;  eso podría ser todo lo que su cerebro podía manejar. Como sus padres no estaban haciendo el desayuno, los llamó, y sólo entonces comenzó a entrar en pánico. Finalmente, encontró sus cuerpos aún en la cama.
Podría haber corrido hacia el grito de su madre, pero en su lugar se escondió. Le contó a Pressia que había estado dormido durante los asesinatos, y había querido creer que eso era verdad. En realidad, ese día fue la primera vez que debería haber muerto, pero, por mucho, no la última. El hecho de estar vivo es accidental.
Trepa las rocas y camina al borde del risco. Está oscuro, pero la luna es brillante. Extiende sus alas y se inclina hacia la brisa. Por un momento piensa que el viento cesará y que él caerá hacia delante y volará.
Pero sus alas no lo sostendrían.
Volar. Ese no es el final.
Acaba en polvo y ceniza.
Estaba destinado a ser un mártir, junto a sus padres.
Él tomó prestado este tiempo con sus hermanos—El Capitan y Helmud. Nunca se supuso que se enamoraría o que alguien lo amaría a él—Pressia. Cuando piensa en ella, es como si patearan su corazón fuera de su pecho. Pudo haber muerto con ella en el suelo congelado de un bosque. Pudo haber muerto unido a sus hermanos, con su sangre entremezclándose. Pero ninguno de esos fue el fin.
Aquí, en el risco, ve el final: él yaciendo en el suelo entre el polvo y las cenizas de su tierra natal y su pecho abierto a desgarrones. La verdad se eleva de su cuerpo como un moño largo desplegándose, moteado con su sangre.
¿Cómo pasará? ¿Cuándo?
Sólo sabe que no está muy lejos.

Con el viento atravesando sus alas, siente como si estuviera corriendo hacia ello— ¿O es el final apurándose para encontrarlo? Esta vez no se ocultará. Esta vez correrá hacia el grito.